MANUEL BETHENCOURT DEL RÍO
Algunos nos tapamos los oídos para a lo menos no oír lo que estaba ocurriendo. Pero, cuando retirábamos las manos de la cara, creyendo terminado aquel horror, volvíamos a oír los golpes y los lamentos de «¡ay, mi madre!», «¡no me peguen más, por Dios!», «¡que me muero, que me matan, socorro!», que nos estremecían y llenaban el alma al mismo tiempo de un pavor y sobre todo de un odio tan ferozmente salvaje, de un furor tan loco que creí, por primera vez en mi vida, que iba a perder el control de mis nervios y a salir a protestar, a arañar, a morder, si fuera posible, para dar satisfacción y descanso a mi alma y salida a la amargura de mi corazón. Al fin terminó aquello. Todavía temblorosos de excitación, un suspiro de alivio se escapó de muchos pechos y comenzamos a cruzar algunas palabras entre nosotros. Pero, de pronto, «aquello» comenzó de nuevo, con todo su horror, con toda su aparatosa y trágica locura. Esta vez, se oyó al principio como si una lucha entre muchos hombres se sostuviera dentro de una habitación. Oíamos golpes, muchos golpes, más que antes, pero no gritos?
Manuel Bethencourt del Río, 1936, barco Adeje de la Prisión Militar Flotante de Santa Cruz de Tenerife
Algunos nos tapamos los oídos para a lo menos no oír lo que estaba ocurriendo. Pero, cuando retirábamos las manos de la cara, creyendo terminado aquel horror, volvíamos a oír los golpes y los lamentos de «¡ay, mi madre!», «¡no me peguen más, por Dios!», «¡que me muero, que me matan, socorro!», que nos estremecían y llenaban el alma al mismo tiempo de un pavor y sobre todo de un odio tan ferozmente salvaje, de un furor tan loco que creí, por primera vez en mi vida, que iba a perder el control de mis nervios y a salir a protestar, a arañar, a morder, si fuera posible, para dar satisfacción y descanso a mi alma y salida a la amargura de mi corazón. Al fin terminó aquello. Todavía temblorosos de excitación, un suspiro de alivio se escapó de muchos pechos y comenzamos a cruzar algunas palabras entre nosotros. Pero, de pronto, «aquello» comenzó de nuevo, con todo su horror, con toda su aparatosa y trágica locura. Esta vez, se oyó al principio como si una lucha entre muchos hombres se sostuviera dentro de una habitación. Oíamos golpes, muchos golpes, más que antes, pero no gritos...
Manuel Bethencourt del Río, 1936, barco Adeje de la Prisión Militar Flotante de Santa Cruz de Tenerife